Su mano viajó hacia uno de mis pechos y empezó a acariciarlo por encima de la ropa, estremeciendo mis sentidos y erizando mi piel.
Trazó un camino de besos desde mis labios hasta mi cuello, deteniéndose en mi pecho, en donde desabrochó los botones y me despojó completamente del pijama, quedando expuesta a él y la parte de mi cuerpo que parecía encantarle.
—Eres una diosa, Tessa Morgan—gruñó, volviendo a mis labios sin dejar de acariciarme a su antojo.
La manera en la que nos desvestimos por com