Volvimos a hacer el amor y estuvimos por más tiempo retozando en la cama hasta que el hambre nos obligó a detenernos.
Jamás había experimentado algo como eso.
Él se encargó de asegurar las ventanas, cortinas y puertas para poder andar por la casa desnudos, ya que tenía la absurda idea de que en cualquier momento podría darnos ganas de tener sexo y la ropa sería un impedimento.
—¿Hasta de pie? —le pregunté mientras cenábamos en el sofá.
Solamente teníamos una frazada encima y los platos en nu