De regreso al hotel, Clara se sentó frente a la gran ventana del cuarto, contemplando el atardecer que teñía el cielo de tonos cálidos. Desde allí podía escuchar el rumor suave del mar, que parecía prolongar la calma que aún sentía en el pecho. Sus pensamientos fluían sin obstáculos, por primera vez en semanas. La ansiedad que la había perseguido como una sombra se disipaba lentamente. Era como si cada minuto junto al mar hubiera sanado una parte de ella que ni siquiera sabía que estaba rota.
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