La tarde se desvanecía lentamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados que parecían fundirse con el mar. El viento soplaba suave, meciendo las ramas del viejo árbol que durante años había sido testigo silencioso de risas, conversaciones y promesas. Clara se encontraba sentada en el jardín, su cuaderno sobre las piernas y una taza de té entre las manos. Ya no escribía con la misma frecuencia que antes, pero aquella tarde sintió la necesidad de hacerlo, de dejar una últ