El jardín de la casa estaba lleno de risas, el sonido de los niños corriendo entre los árboles, las voces de los adultos mezcladas con el canto de los pájaros y el aroma del café recién hecho. Clara se sentó en su viejo sillón de mimbre, aquel que había acompañado tantos atardeceres junto a Lucas. Miró alrededor y sintió una calidez profunda en el pecho. Todo lo que veía —sus hijos, sus nietos, su hogar— era el reflejo de una vida bien vivida, una historia escrita con amor, esfuerzo y esperanza