Los números se negaban a quedarse quietos.
Parpadeaban en la pantalla de Chris como si supieran que estaban siendo observados. Como si supieran que alguien finalmente estaba mirando de cerca.
Chris se recostó en la silla que Allen le había asignado—de cuero, demasiado suave, diseñada para sugerir comodidad—y aflojó su corbata apenas un poco. Lo suficiente para respirar. Lo suficiente para pensar.
Miró la hora.
Diez minutos antes de que cerraran los mercados de Londres.
Diez minutos antes de que