La habitación del hotel estaba en silencio. Afuera, el murmullo de Londres subía desde la calle, distante, irrelevante. Dentro, Chris y Derek estaban inclinados sobre la pequeña mesa que se había convertido en su centro de mando—papeles dispersos, pantallas de portátiles brillando en la luz tenue. El olor a café rancio se mezclaba con tinta y adrenalina.
Chris volvió a mirar la hoja de cálculo, con la mirada afilada, siguiendo líneas de números y códigos como si intentara leer la mente de Allen