El silencio en la habitación era ensordecedor. Damián miraba el recibo de entierro en sus manos, con las pupilas contraídas como agujas mientras las palabras lo atravesaban.
—Bebé Monteverde… tumba pagada en su totalidad…
Le temblaban las manos. Por un instante, vi una grieta en su expresión: un destello de miedo, de comprensión naciente.
Entonces Serena le arrancó el papel.
—¡Por la Diosa, Damián! ¡Mira esto! —Agitó el recibo como si fuera una prueba de traición. —¡Dice que es para ‘Bebé Montev