A la orilla del lago, tres lobos caminaban lentamente. Damian sujetaba con fuerza la mano de Aurora de un lado, mientras con la otra sostenía los deditos de Leon, que corría delante de ellos soltando pequeñas carcajadas.
Leon se detuvo un momento, se agachó para recoger una piedrita y la lanzó al lago. Las salpicaduras bailaron sobre la superficie. Aurora miró la espalda de su hijo mientras inhalaba hondo. A su lado, Damian permanecía en silencio, sintiendo que el frío del viento no era nada co