La gran ventana ofrecía una vista de la ciudad nocturna iluminada por miles de luces. Aurora estaba sentada en un extremo de la larga mesa, con las piernas cruzadas, jugando con la pluma plateada que Sebastian le había dado momentos antes. Frente a ella, Sebastian se acomodaba en un sillón de cuero, el brazo derecho apoyado y una copa de vino tinto girando lentamente en su mano izquierda.
—Ya ha empezado a moverse —dijo Aurora.
Sebastian alzó una ceja.
—¿Damian?
Aurora asintió.
—Ha ordenado a A