Caigo al suelo, me apoyo en la pared, los puños alrededor de la cabeza, mientras mis pensamientos gritan el único nombre que no sale de mi boca:
—¿Dónde fuiste a esconderte, Alice? Puedes intentar escapar, pero te voy a encontrar —murmuro, con la voz ronca.
Me quedo allí en el suelo, el cuerpo rígido, la mente loca de obsesión. No es arrepentimiento lo que me quema— es la furia de perder lo que es mío, el deseo de tenerla, de controlarla, de demostrar que nadie puede arrancármela. No voy a rend