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Pasan las horas. Ya es casi de mañana, y nada de Alice. Tengo un mal presentimiento. Miro mi reloj: son las 4 de la madrugada. Nada de información. Ya estoy inquieto.
Entonces, Camila finalmente sale de la sala de emergencias. Su rostro está cansado, y parece agotada.
—¿Camila? —llamo, con la voz ansiosa.
—¡Por fin! —exclama Fernanda. —¿Dónde está Alice? ¿Cómo está?
—Habla, Camila —pido, con la voz desesperada.
—Ahora está bien —dice Camila, con la voz calmada. —Ya está en la habitación. Es