— Creo que ya puedes soltar a la PUTA de mi mujer ahora, ¿no, amigo?
— ¡Davi! —me reprende Alice con una mirada enfadada.
— Disculpe... —Otávio la suelta al instante, sin gracia. — Vámonos, Gabriela.
Finalmente se van. Bruninho se queda llorando bajito en la sala y Alice se arrodilla para calmarlo con caricias. Aprovecho el momento, subo a nuestra suite, me quito el pesado uniforme negro y me doy una ducha larga y relajante con agua caliente.
Termino la ducha, me seco, me pongo un bóxer negro y