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Salgo de su despacho dando un portazo con tanta fuerza que el cristal se hace añicos. Voy a mi despacho, me siento en la silla, bebo un vaso gigante de agua e intento frenar los latidos. ¿Sabes qué? He dejado todo en orden por aquí. Me voy a casa a estar con mi mujer.
Voy al patio, llamo a Marcos:
— 06, me voy a casa. Tú te quedas al mando general. Asegúrate de que Leandro se vaya a su casa a cumplir la suspensión.
— ¡Calavera, capitán!
Cojo mi todoterreno del aparcamiento y me dirijo a casa.