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La mañana se arrastra en un silencio que pesa más que cualquier grito. Me quedo allí, acostado, sintiendo el corte en la mano latir a cada latido del corazón. Pero no es el dolor físico lo que me consume— es la ausencia. El vacío que Alice dejó al irse.
Me levanto, camino hasta la sala, y me detengo frente a la puerta del cuarto que ella transformó en su refugio en los últimos meses. Abro despacio, como si esperara encontrarla allí, envuelta en las mantas, con esa mirada asustada que sie