Rodrigo se subió al coche y echó un vistazo rápido a Hans a través del espejo retrovisor, quien se sentó en la fila trasera. Con la cabeza baja, el hombre jugueteaba con un pendiente de perla, absorto en sus pensamientos.
Rodrigo le preguntó:
—Jefe, ¿debemos alcanzar a la señorita Dafne? Acaba de irse. Si vamos rápido, tal vez podríamos alcanzarla.
Después de unos segundos de silencio, Hans soltó una risa amarga y dijo:
—Sin el uno, los ceros nunca tendrán su sentido.
Él se detuvo un poco y cont