Casi me reí hasta quedarme sin aliento.
Cuando volví a erguirme, mi rostro se volvió inexpresivo y mi mirada tan fría como el invierno.
—Esteban Monteverde, me das un asco profundo.
El hombre se quedó paralizado, con los ojos llenos de incredulidad. —¿Qué… qué dijiste?
—Dije que me das asco, Esteban Monteverde.
Esteban se enfureció de la vergüenza y avanzó hacia mí con agresividad, pero los brazos firmes de mis hermanas lo empujaron hacia atrás sin esfuerzo.
—Ya te pedí perdón. ¿Qué más quieres