Pasaron un par de días y Anfisa aún no se atrevía a abrir el libro de nuevo. Lo había dejado sobre su mesita de noche, como si al hacerlo pudiera ignorar las preguntas que revoloteaban en su cabeza.
Pero esa noche, con el silencio cubriendo la casa y la tenue luz de su lámpara encendida, sus dedos lo buscaron casi por inercia. Abrió las páginas y dejó que sus ojos se deslizaran por las palabras, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza mientras la historia se volvía más y más intensa.
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