Al día siguiente vi la noticia del ataque de los lobos errantes a Adrián en la orilla del Lago de la Luz de Luna.
Al mismo tiempo recibí la llamada de un amigo de Adrián.
—¿Puedes ir a verlo? —me pidió—. Él no deja de pronunciar tu nombre.
Hizo una pausa y añadió: —Quizá aún puedas verlo una última vez.
—No —rechacé—.
—Ya no tengo nada que ver con él. No tiene sentido seguir enredándome.
El interlocutor se quedó en silencio, dijo apenas —Entendido— y colgó.
—¿Ella aún no quiere verme? —fue lo úl