Respiré hondo y entré en la iglesia.
La persona que me esperaba era el doctor que me había hecho el injerto de piel, también mi compañero de universidad, Samuel Torres.
Nuestra relación era escasa, limitada a discusiones académicas y alguna ayuda.
Después de graduarse y convertirse en terapeuta en un gran hospital, dejamos de tener contacto.
Años antes, cuando mi cuerpo sufrió graves quemaduras por salvar a Adrián, fue él quien me atendió.
Entonces mi cuerpo estaba envuelto en vendas como una mo