Tres días después, Samuel y yo regresamos del Lago de la Luz de Luna.
En el camino a nuestra nueva casa nos encontramos con Adrián.
Tenía el ánimo decaído, las ojeras oscuras demostraban que no había dormido desde que volvió del lago.
Al verme, sus ojos apagados recuperaron por fin un poco de brillo.
—Laura, escúchame... —me dijo—.
Alargó la mano y me agarró con fuerza.
—¡Suéltame!
Samuel se interpuso frente a mí con el rostro sombrío.
—¿Puedes darme un poco de tiempo? —rogó Adrián.
Suspiré y re