Selena cortaba y dejaba sobre un plato los pedazos de carne que le daría de comer al lobo esa noche. Estaba nerviosa. Sus ojos no podían dejar de ver el pomo delante de ella, como a la vez escuchar los pasos del animal recorriendo toda la casa. Se había negado a estar dentro del cuarto y haría recorría cada rincón del pequeño apartamento, oliendo y restregándose contra todo. Hasta lo había visto subirse al sofá.
Ella no sabía si decirle algo. Este animal era tan complicado de comprender que se