La Llamada del Alfa Supremo

Alexander Thorne caminaba por el pasillo central de la Gran Biblioteca con la serenidad de un rey que se sabe dueño de cada rincón que pisa. Su imponente figura de más de un metro noventa, enfundada en una chaqueta de cuero negro y uniforme militar sin distintivos, proyectaba una sombra alargada sobre el suelo de mármol. Tenía la mandíbula firme, los rasgos esculpidos con dureza y unos ojos de un gris tormentoso que no pasaban desapercibidos. Su aura de Alfa Supremo era una fuerza física, una presión sutil pero aplastante que obligaba a los pocos presentes a retroceder instintivamente.

Sin embargo, Alexander no traía intenciones bélicas. Sus ojos grises escudriñaban cada rincón del segundo piso hasta que, finalmente, se fijaron en la joven que lo observaba desde la barandilla de madera.

Elena descendió la escalinata central con pasos lentos y rítmicos. La magia de supresión rúnica mantenía su verdadero aroma y su poder perfectamente disfrazados bajo la fachada de una simple humana. Mantuvo la cabeza erguida y una expresión impecable, sin mostrar la más mínima vacilación ante la presencia del hombre más temido del continente.

Se detuvo a un par de metros de él, cruzando los brazos a la altura de la cintura.

—La biblioteca cierra sus puertas en diez minutos, señor Thorne —dijo Elena con una voz clara, serena y profesional—. Si busca algún manuscrito sobre la historia de las manadas del norte, me temo que tendrá que regresar mañana por la mañana.

Uno de los guardias de élite que flanqueaba a Alexander dio un paso al frente con el ceño fruncido, molesto por el tono de total igualdad con el que una supuesta humana le hablaba a su líder.

—Muestra respeto ante el Alfa Supremo, muchacha... —comenzó a ordenar el guardia.

Alexander levantó una mano en el aire, cortando al soldado en seco sin siquiera mirarlo. Una sutil sonrisa, una mezcla de fascinación y absoluto entretenimiento, curvó la comisura de sus labios mientras observaba a Elena.

—No he venido por los libros, Elena —respondió Alexander. Su voz era grave, profunda, y poseía una resonancia que hizo vibrar el aire dentro del recinto—. Y ciertamente no he recorrido trescientas leguas desde el norte para que una simple ordenanza me pida regresar mañana.

Elena no pestañeó.

—Entonces me temo que ha perdido su tiempo. No suelo atender asuntos personales en mi horario de trabajo.

Alexander dio dos pasos hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos hasta quedar a menos de un metro. El aroma a madera de cedro, tierra mojada y la inminencia de una tormenta que emanaba de él envolvió por completo los sentidos de Elena. Su espíritu interno, la loba de la Luna de Sangre, se agitó en su pecho, no con alarma, sino con un reconocimiento eléctrico y vibrante.

—Llevo tres años siguiendo el rastro de una sombra —susurró Alexander, inclinándose ligeramente hacia ella para que solo sus oídos pudieran escucharlo—. Una sombra que nació la misma noche en que una supuesta humana sin lobo abandonó la manada Sol Naciente, dejando tras de sí un sello de magia ancestral roto en las montañas.

Elena sintió que el pulso se le aceleraba un milisegundo, pero mantuvo la mirada fija en los ojos grises del Alfa.

—No sé de qué me habla.

Alexander sonrió de nuevo, una sonrisa más cálida que reveló un destello de admiración genuina.

—Puedes ocultar tu aura ante los sabuesos de este pueblo y ante los Alfas mediocres que solo juzgan por la fuerza bruta, Elena. Pero no puedes ocultárselo a mi lobo. La Diosa Luna no solo te otorgó la estirpe de la realeza destruida; también te marcó con un destino superior al de servir a hombres arrogantes que no supieron valorar lo que tenían enfrente.

—Si cree que voy a regresar al norte para involucrarme en las guerras de las manadas, está muy equivocado —replicó Elena en un susurro firme—. Dejé esa vida atrás.

—No vengo a pedirte que luches las guerras de otros —dijo Alexander, acortando el último paso que los separaba y ofreciéndole la mano con la palma hacia arriba en un gesto de caballerosidad absoluta—. Vengo a ofrecerte una alianza. Vengo a pedirte que ocupes el trono que te pertenece por derecho de sangre a mi lado, como la Gran Luna de la manada Luna Negra.

Elena miró la mano extendida del Alfa Supremo y luego sus ojos grises. Por primera vez en tres años, comprendió que el juego de esconderse en las sombras había llegado a su fin.

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