La Alianza Plateada

Las palabras de Alexander Thorne continuaron resonando en el aire de la biblioteca mucho después de que los últimos rayos de sol desaparecieran en el horizonte. Elena no tomó su mano de inmediato; en lugar de eso, lo observó con detenimiento, analizando cada rasgo de su rostro y la intención oculta tras sus ojos grises. Durante tres años había aprendido a no confiar en las promesas de los Alfas, pero la presencia de Alexander no transmitía la arrogancia ciega a la que estaba acostumbrada. Había respeto en su mirada, una disposición real a tratarla como a una igual.

—Una alianza implica beneficio mutuo, señor Thorne —dijo Elena, dando un paso atrás con elegancia sin perder la postura—. ¿Qué gana el implacable Alfa Supremo ofreciéndole el trono a una archivista a la que el mundo cree muerta?

Alexander bajó la mano despacio, pero su sonrisa se volvió más profunda y sincera.

—Gano la verdad —respondió con voz firme—. El continente se tambalea porque los líderes actuales olvidaron las leyes antiguas de la Diosa Luna. La manada Sol Naciente se pudre desde adentro por el orgullo de Damien, y otras manadas del norte amenazan con desatar una guerra total por el control de los recursos. La manada Luna Negra es fuerte militarmente, pero solo el verdadero linaje Real posee la autoridad espiritual para unificar los dominios y restaurar la tierra. Tu presencia no es solo un título; es la clave para evitar una masacre.

Elena guardó silencio, sintiendo cómo el espíritu de la Luna de Sangre dentro de su pecho latía con fuerza, respaldando las palabras del Alfa. La loba interna no sentía rechazo hacia Alexander; al contrario, reconocía en él a una pareja digna, un líder capaz de sostener el peso de su poder sin intentar someterlo.

Durante las dos semanas siguientes, la rutina de Elena cambió de manera drástica. Alexander no intentó apresurarla ni sacarla a la fuerza de Oakhaven. En lugar de eso, alquiló la residencia más distinguida de la ciudad y dedicó cada tarde a visitar a Elena. Hablaban durante horas en el estudio privado de la biblioteca sobre estrategia política, las costumbres de la manada Luna Negra y la historia olvidada del linaje de Sangre.

Con cada conversación, Elena descubrió que tras la reputación de guerrero despiadado, Alexander era un estratega brillante, un hombre obsesionado con la justicia y extremadamente protector con los suyos. Entre ellos comenzó a forjarse una conexión íntima y poderosa, un vínculo que no dependía de la imposición del destino, sino del entendimiento mutuo y de una atracción apasionada que crecía con cada mirada compartida.

Una noche, mientras observaban el mapa del continente sobre la mesa de trabajo, Alexander se colocó detrás de ella. Elena sintió el calor abrasador de su cuerpo rozando su espalda y la firmeza de sus manos posándose suavemente sobre la cintura de ella.

—Damien ha convocado a una Gran Cumbre de Alfas para el fin de semana —susurró Alexander cerca de su oído, haciendo que una corriente eléctrica recorriera la piel de Elena—. Está desesperado. Las tierras de Sol Naciente se mueren y va a pedirme ayuda financiera y militar. Ignora por completo que la mujer a la que rechazó es la única razón por la que su manada está condenada.

Elena giró levemente la cabeza, encontrando los ojos grises del Alfa a escasos centímetros de los suyos. El sello de ocultamiento que había llevado durante años comenzó a disiparse voluntariamente, dejando ver por primera vez ante Alexander el brillo puro, dorado y plateado de sus ojos reales.

—Entonces no lo hagamos esperar —dijo Elena con una sonrisa fría y majestuosa—. Es hora de que el futuro Alfa descubra el tamaño exacto de su error.

Esa misma noche, Elena aceptó la propuesta. Dejó atrás el uniforme de archivista y asumió el lugar que le correspondía. Durante los días posteriores, los artesanos de la manada Luna Negra trabajaron sin descanso confeccionando el vestuario y los distintivos de la realeza. Elena no regresaría al norte como una suplicante ni como la sombra del pasado; regresaría como la gobernante suprema a la que todos, incluido Damien, tendrían que rendirle obediencia.

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