Subtítulo:
“El amor que deja huellas no se olvida, ni el placer, ni la posesión.”
Ariadna abrió los ojos con una sonrisa, aún adolorida pero feliz. La luz de la mañana entraba por la ventana y caía sobre su cuerpo, lleno de marcas, chupetes visibles en el cuello y hombros, piel enrojecida por cada embestida, cada mordida, cada abrazo salvaje de Kael. Su vagina dolía ligeramente incluso al intentar sentarse, un recordatorio delicioso de cuánto la había recorrido su macho durante la noche.
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