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El aire estaba cargado de una energía antigua, densa, como si la Luna misma los observara desde su trono de plata. Kael y Ariadna se encontraban en el centro del claro sagrado, rodeados por piedras marcadas con símbolos arcanos. La luz azulada de la luna bañaba sus cuerpos, y el fuego del ritual ardía frente a ellos con un resplandor casi dorado.
Una brisa recorrió el bosque, pero no era un viento común: llevaba consigo susurros antiguos, voces de otros juramentos sellados en ese mi