Capítulo 40.
Capítulo 40
Arya.
El mechón atado a la flecha era el sello de Kendra; una declaración de guerra firmada con la vanidad que siempre la había caracterizado.
—¡Adentro! —rugió Dorian, empujándome al interior de la cabaña.
Apenas cerramos la puerta, la primera flecha en llamas chocó contra el tejado. El sonido de la paja seca prendiéndose en fuego fue como un latigazo. En segundos, el olor a humo empezó a filtrarse por las rendijas.
—¡Arya, los niños! —gritó Elara desde la cocina, con la voz quebrada por el pánico.
Me encontré con Dorian en el pasillo. Sus ojos ya no eran humanos; el azul eléctrico de Morvak estaba desbordado, una fuerza salvaje contenida apenas por su voluntad.
—Saca a los niños por el sótano, hay una salida que da al arroyo —le dije, pero él me sujetó del brazo.
—No hay tiempo, Arya. Están rodeando la cabaña. Si salimos por ahí, nos cazarán como ratas en campo abierto. Tenemos que romper ese maldito círculo —dijo Dorian con la voz gruesa y metálica de Morvak—. Necesito