Leo y Elizabeth, frente a frente.
Tres años habían pasado, los pequeños Leonardo y Joshua, se habían convertido en dos cachorritos regordetos que eran muy amados por sus padres, sus abuelos, y sus tíos.
En el amplio despacho del rey, alguien había entrado a hurtadillas, estaba aburrido y buscaba con que entretenerse. El estaba a punto de tomar la tinta y colorear con sus dedos cuando se escuchó la imponente voz.
— Pequeño Joshua, esa tinta no es para que juegues, es para que tu abuelo escriba cartas importantes a los rei