El aire en el ala médica se había vuelto irrespirable, cargado de un olor metálico que hacía que Dante sintiera el sabor de la sangre en la base de la lengua. El monitor de Elara emitía un pitido frenético, una alarma que golpeaba sus sienes como un mazo.
Dante estaba en el umbral, con el primer bebé pegado a su pecho, sintiendo cómo el pequeño cuerpo vibraba con cada uno de sus latidos desbocados. Sus ojos, pozos de una furia contenida y un miedo que le quemaba las entrañas, se clavaron en la