El polvo de yeso llovía desde el techo como una nieve sucia, cubriendo el instrumental médico y las sábanas empapadas de sangre. Afuera, el estruendo de los disparos de los Praetorian creaba un ritmo macabro que hacía vibrar las paredes de la mansión.
Dante no se movió de la cabecera de Elara. Su mano, todavía manchada por los fluidos del parto, se cerró alrededor de la culata de su arma con una fuerza que hizo crujir sus nudillos. El sudor le bajaba por las sienes, mezclándose con el rastro de