Mi nombre sonó ronco en su boca. Me quedé congelada en medio de la sala, con los tacones colgando de una mano y el bolso apretado contra el pecho. La vergüenza me subió como una ola caliente desde el estómago hasta las mejillas.
—Lo siento —salí disparada—. No… no recuerdo cómo llegué aquí. Ni qué… ni si…
—No pasó nada —dijo él, cortándome con voz baja pero firme—. Te quedaste dormida en la mesa. Te traje arriba porque no ibas a aguantar de pie. Te dejé en la cama y me vine al sofá. Punto.
Asen