El avión despegó con un rugido sordo que vibró bajo mis pies. Apreté la mano de Lorenz con más fuerza de la necesaria mientras la ciudad se hacía pequeña debajo de nosotros, un mapa de luces que se iba apagando. Él no dijo nada. Solo pasó el pulgar por el dorso de mi mano, una y otra vez, hasta que el temblor se me calmó.
—Respira —susurró cerca de mi oído—. Estoy aquí.
Respiré. El cinturón de seguridad me apretaba un poco el estómago. El olor a café recalentado y a ese aire reciclado de los av