Desperté con el peso de su brazo cruzado sobre mi cintura y el olor a sexo y sal todavía impregnado en las sábanas. La luz de la tarde entraba a través de las persianas verdes, dibujando franjas doradas sobre la cama deshecha. Lorenz dormía de lado, la boca entreabierta, el pelo revuelto. El anillo brillaba en su dedo como una promesa que no necesitaba palabras.
Me quedé quieta un rato, escuchando su respiración y el rumor constante del mar abajo. La rabia de horas antes se había convertido en