Capítulo 31: La verdad

La bomba de morfina hizo su trabajo despacio.

Lorenz dejó de quejarse en voz alta, pero el ceño seguía fruncido, como si el dolor se hubiera escondido debajo de la piel y no quisiera salir del todo. Su mano no soltó la mía. Los dedos se aflojaron un poco, pesados, pero el agarre permanecía: una súplica muda que no necesitaba palabras.

Emilian no se movió de la ventana. Miraba la lluvia como si el cristal pudiera darle respuestas. Yo miraba a Lorenz.

Entre los dos, invisible y pesada, esta
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