La bomba de morfina hizo su trabajo despacio.
Lorenz dejó de quejarse en voz alta, pero el ceño seguía fruncido, como si el dolor se hubiera escondido debajo de la piel y no quisiera salir del todo. Su mano no soltó la mía. Los dedos se aflojaron un poco, pesados, pero el agarre permanecía: una súplica muda que no necesitaba palabras.
Emilian no se movió de la ventana. Miraba la lluvia como si el cristal pudiera darle respuestas. Yo miraba a Lorenz.
Entre los dos, invisible y pesada, esta