Me desperté con la boca seca y el cuerpo rígido, como si hubiera dormido sobre concreto. La luz que entraba por la ventana ya no era la anaranjada de la tarde anterior; era esa claridad pálida, casi blanca, de las seis de la mañana. El móvil marcaba las 5:47. No había sonado ninguna alarma. Simplemente el cuerpo se había negado a seguir fingiendo que el descanso era posible.
Me senté en el borde de la cama. Las sábanas olían a mí, a sudor frío y a hospital. Me quedé unos segundos mirando las ro