Me quedé apoyada contra la puerta varios minutos, con los ojos cerrados y la frente pegada a la madera fría. El temblor no se iba. Me recorría los brazos, las rodillas, incluso la mandíbula. Respiraba por la boca, despacio, como si el aire de mi propio piso me resultara demasiado denso.
Había ganado.
Había dicho todo lo que necesitaba decir. Cada palabra había salido afilada, precisa, deliberada. Había visto cómo se le tensaba el cuerpo a Emilian, cómo los nudillos se le ponían blancos, cómo tr