Lorenz seguía dormido. La respiración se le había vuelto profunda y regular, apenas interrumpida por algún suspiro corto. El monitor marcaba un ritmo estable. La luz de la tarde entraba ya más baja por la ventana, dibujando franjas doradas sobre las sábanas y sobre su rostro pálido.
La señora Adler se quedó mirándolo un rato largo. Luego levantó la vista hacia mí. Su expresión había cambiado: ya no era solo la de una madre agotada, sino la de alguien que había decidido imponer un límite.
—Elara