Lorenz volvió a dormirse poco después, con mi mano todavía atrapada entre las suyas. El monitor seguía su ritmo monótono, como si nada hubiera cambiado en el mundo. Yo me quedé mirando el perfil de su rostro: la sombra morada bajo los ojos, la barba de varios días, la boca entreabierta que a veces soltaba un suspiro corto. Parecía más joven así, indefenso. Y eso me hacía sentir aún más sucia.
La señora Adler regresó con el médico. Hablaban en voz baja junto a la puerta. Escuché palabras sueltas