El beso no fue suave.
Fue un choque. Una colisión de años enterrados, de rabia y de hambre que se le había acumulado en la boca como un veneno dulce. Sus labios se cerraron sobre los míos con una desesperación que me robó el aire y, por un segundo, uno solo, traicionero, mi cuerpo respondió. Mis dedos se crispaban contra su pecho, el corazón me golpeaba las costillas como si quisiera escapar, y el sabor de él, mezcla de café y de esa colonia que todavía me perseguía en sueños, me hizo inclina