Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 4 — Lo que dejó atrás
Damián estacionó frente a la residencia Arce y apagó el motor. Valentina respiró hondo antes de salir. Estaba más tranquila después de ver a su madre. Se había sentado junto a su cama, le había tomado la mano y había permanecido hablándole durante varios minutos. No le contó que su padre pretendía entregarla a Esteban Toledo para salvar el hotel ni que había aceptado casarse con Damián Santoro. No pudo pronunciarlo frente a ella. Su madre no necesitaba escuchar cosas tristes. Cada vez que la visitaba, le contaba pequeñas mentiras: que era feliz, que todo estaba bien y que su padre era el mejor. Nunca lloraba delante de ella. Para Lorena, Valentina seguía siendo una hija feliz. Ahora debía entrar en la casa donde había crecido y decidir qué parte de su vida merecía acompañarla. —No tiene que venir conmigo —dijo. Damián apoyó una mano sobre el volante. —No pensaba entrar. La esperaré aquí, pero no se demore. La indiferencia de la respuesta le molestó, aunque no esperaba ninguna muestra de consideración. —Solo recogeré mis documentos, algo de ropa y los informes de mi madre. —Hágalo rápido. Valentina soltó el cinturón y lo enfrentó. —No acostumbro a obedecer órdenes. —Tampoco se acostumbra a marcharse en mitad de una negociación matrimonial. Esta noche será nueva para los dos. Ella abrió la puerta. —Sé cuidarme sola. —Si Toledo está adentro, salga de inmediato. No voy a negociar dos veces por la misma mujer. Valentina cerró la puerta con más fuerza de la necesaria y avanzó hacia la entrada. Félix y Daniela ya estaban en la sala. Su padre estaba sentado en el sillón, con la corbata floja y el cansancio en el rostro. Daniela permanecía con las piernas cruzadas, demasiado serena para una mujer cuya hijastra acababa de aceptar casarse con el enemigo. —Valentina, tenemos que hablar —dijo Félix. Ella dejó el bolso sobre la mesa. —No vine a hablar. —No era así como quería que esto pasara. Valentina lo enfrentó. —¿Cómo querías que pasara, papá? ¿Esperabas que aceptara a Esteban, sonriera durante la boda y te agradeciera que salvaras el hotel con mi vida? —¡No te estábamos vendiendo! Entendiste todo mal. Valentina observó a su padre y soltó una risa sin humor. —Entonces decime qué quería Toledo a cambio de ayudarlos. Félix abrió la boca, pero ninguna explicación llegó. —Decime una sola vez —continuó ella— cuándo pensaste primero en mí. Su padre bajó la cabeza. Por un instante pareció buscar una respuesta, aunque terminó haciendo lo que mejor conocía: volvió el rostro hacia Daniela. Ella se levantó y colocó una mano sobre su brazo. —Félix está agotado. Ha cargado con los problemas de esta familia durante años. —Claro. Siempre existe una explicación para su abandono. Daniela endureció la mirada. —No tenés derecho a juzgarlo, mucho menos después de aceptar la propuesta de Santoro. —Ustedes me ofrecieron antes de que Damián me diera otra salida. —Te ofrecimos estabilidad. —Me ofrecieron como parte de pago, y por adelantado. —Santoro te ha llenado la cabeza de mentiras. —Damián no estaba sentado en aquella mesa cuando mi padre dejó que se hablara de mí como parte del acuerdo. No tuvo que inventar nada. Félix respiró profundamente. —Deberíamos calmarnos, hija. No pensamos bien cuando estamos enojados. Valentina lo observó con una decepción que no necesitaba lágrimas. —Eso lo hacés siempre. Tú te calmas mientras Daniela decide. La mano de su madrastra se retiró del brazo de Félix. —No voy a permitir que me culpes por las decisiones de tu padre. —Obvio que no ...no necesitás decidir por él. Solo tenés que tocarlo para que recuerde de qué lado tiene que estar. —No le hables así —intervino Félix. La duda había durado apenas unos segundos. Valentina tomó su bolso y se giró para subir a su habitación. —Voy a buscar mis cosas. —Esta sigue siendo tu casa. No tenés que irte por este malentendido. Ella se detuvo al pie de la escalera. —Esta casa nunca fue mi hogar. Apenas me vio crecer porque me enviaste a un internado. Aquí solo fui feliz mientras mi madre todavía vivía conmigo. Y una familia tampoco te obliga a elegir entre aceptar una imposición o quedarte sola. Subió antes de que él pudiera responder. Había regresado hacía poco de la universidad y casi no vivía allí. La cama estaba tendida, los libros alineados y el armario lleno de prendas que parecían confeccionadas para borrar su cuerpo. Blusas cerradas, pantalones oscuros y vestidos amplios ocupaban casi todo el espacio. Valentina apartó una prenda y encontró el vestido blanco de sus quince años, todavía protegido dentro de una funda transparente. La mancha de jugo rojo permanecía en la tela. Nunca se había molestado en mandarlo a limpiar. Aquel cumpleaños no había querido una fiesta porque Lorena no mejoraba . Félix organizó una cena pequeña y le compró el vestido que ella había visto en una vidriera, aunque cuando se lo puso, ni siquiera se preocupó por mirarla. Valentina recordaba haber bajado feliz, con el cabello suelto y la cintura marcada por primera vez. Daniela no le dijo que estaba bonita. Le entregó a Denice un vaso lleno de jugo. —Dáselo a tu hermana. Denice, con cinco años, no tropezó. Volcó el contenido sobre el vestido y buscó primero la mirada de su madre. Después sonrió. —Fue un accidente —aseguró Daniela antes de que alguien pudiera preguntar. Félix apenas levantó la cabeza. —Subí a cambiarte. Los invitados están por llegar. Daniela entró minutos después con un vestido rosa, ancho y sin forma. —Ponete este. —No me gusta. —El blanco no te quedaba bien. No era adecuado para tu cuerpo. —No mostraba nada. —No necesitás mostrar demasiado para provocar miradas equivocadas. Valentina obedeció cómo siempre. Durante años creyó que Daniela intentaba protegerla. A los dieciocho comprendió que aquella protección tenía una excepción. Esteban Toledo asistió a su cena de cumpleaños. Había empleados sirviendo, pero Daniela la obligó a acercarle el vino. —Atendé al señor Toledo. Valentina se inclinó para llenar su copa. Esteban dejó los ojos sobre su pequeño escote y sonrió. —Ya es toda una mujer. Félix continuó comiendo. —Aunque todavía necesita aprender muchas cosas —agregó Daniela. —Para eso hace falta un hombre paciente —respondió Esteban. Nadie en su familia lo detuvo. Frente al armario, Valentina retiró la funda y sostuvo el vestido manchado. Daniela no le había enseñado a esconderse de los hombres. Le había enseñado a ocultarse de todos, excepto del hombre al que pretendía entregarla. Dejó el vestido sobre la cama. No se llevaría ninguna prenda escogida por su madrastra. Guardó dos pantalones, algunas blusas, ropa interior y una chaqueta comprada con su propio dinero. Después tomó sus documentos, los informes médicos de Lorena y una pequeña caja con recuerdos. La fotografía de su madre estaba en la mesa de noche. Lorena aparecía abrazándola en el jardín, antes del accidente. Valentina pasó el pulgar sobre su rostro. —Perdoname. Guardó la imagen entre dos blusas y cerró la maleta. Cuando bajó, Félix continuaba en la sala. Daniela se levantó en cuanto vio el equipaje. —¿Eso es todo? —preguntó su padre. —Es todo lo que me importa. —No quiero que te vayas así. —No debiste esperar hasta ahora para preocuparte por la forma. —Siempre me preocupé por vos. Valentina sostuvo su mirada. —Entonces debiste hablar cuando Esteban me apretó el brazo como si yo le perteneciera. El rostro de Félix perdió color. —Nunca permití algo semejante. —¿No? No necesitabas permitirlo. Te bastaba con guardar silencio, y eso fue exactamente lo que hiciste. Daniela avanzó un paso. —Estás malinterpretando las cosas porque seguís alterada. Félix la miró. Solo necesitó ese instante para regresar a la explicación más cómoda. —Damián te está utilizando —dijo—. Cuando consiga lo que quiere, te dejará sin nada. Valentina tomó la maleta. —Tal vez me utilice. La diferencia es que él no intenta llamarlo amor de padre. Abrió la puerta. —Tu madre... —dijo Daniela. Valentina se volvió lentamente. —No vuelvas a utilizarla para controlarme.No sos nadie. —Solo te recuerdo quién paga la clínica. —Mi padre pagaba el tratamiento. ¿También tengo que recordarte la deuda? —El hotel está a punto de desaparecer. Félix no la contradijo. —Será porque no lo gestionaron bien. Hace tiempo les advertí que algo no cerraba. ¿Te acuerdas, papá? ...Me dijiste que Daniela no te había informado de nada y que seguramente yo estaba Suspiro hondo y continuo —.No me hiciste caso. Estas son las consecuencias . ¿Pregúntale a tu querida esposa que pasó? —¡Yo no tengo nada que ver ! —gritó Daniela nerviosa. Félix se levantó y, por primera vez aquella noche, colocó una mano sobre el hombro de su esposa para calmarla. La amenaza quedó completa sin necesidad de más palabras. —A mi madre y a mí nos fallaste siempre —dijo Valentina—. Quedate con la familia que elegiste. —¡Lorena no tiene nada que ver con esto! —gritó Félix—. Yo no quiero que muera. —Entonces deberías haber pensado en ella antes de intentar venderme para salvar el hotel. —Valentina... —intervino Daniela—. Pensá de qué lado querés estar cuando ya no podamos pagar. Valentina los observó con una decepción que ya no podía ocultar. Salió antes de que el miedo pudiera obligarla a retroceder. Damián aguardaba junto al automóvil. Tomó la maleta y la guardó en el baúl. —¿Eso es todo? —No había mucho que quisiera conservar. Desde la entrada, Daniela los observaba. Félix permanecía detrás de ella, incapaz de acercarse a su hija sin buscar primero la aprobación de su esposa. Damián abrió la puerta del acompañante. —¿La amenazaron con la clínica? Valentina lo miró. —¿Cómo lo sabe? —Porque salió con miedo, no con culpa. Ella apretó el bolso contra el cuerpo. —El tratamiento tiene que seguir pagándose. —Los próximos tres meses ya están cubiertos. El contrato garantizará la continuidad del tratamiento y todos los gastos posteriores. —Todavía no he firmado. —Por eso vamos al hotel. Valentina frunció el ceño. Damián señaló el interior del automóvil. —Mi abogado nos espera. Firmaremos esta noche. —Dijo que tendría tiempo para leerlo. —Lo tendrá. —¿Y si no acepto alguna cláusula? Damián sostuvo la puerta abierta. —La negociaremos. Pero, aunque la deuda inmediata esté pagada, la protección permanente de su madre dependerá del contrato. Valentina miró la residencia una última vez. Daniela no necesitó sonreír para recordarle que aún conservaba autoridad sobre las decisiones de Lorena. Valentina subió al automóvil. Damián cerró la puerta y ocupó el asiento del conductor. Antes de encender el motor, desbloqueó su celular y le mostró un archivo en formato P*F. En la primera página estaban escritos sus nombres: Damián Santoro y Valentina Arce. —Empiece a leer —ordenó—. La primera cláusula establece cuánto tiempo será mi esposa. Valentina abrió el archivo. Aquella noche no solo había dejado su ropa, sus fotografías y los años vividos bajo las decisiones de Daniela. También acababa de poner la vida de su madre sobre las páginas de un contrato matrimonial.






