Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 3 — El precio de mantenerla con vida
El automóvil se detuvo frente a la clínica poco antes de la medianoche, y Valentina bajó antes de que el chofer alcanzara a abrirle la puerta. Atravesó la recepción con el bolso sujeto contra el cuerpo y el teléfono todavía en la mano. Ya le había avisado a Vivian que fuera directamente a la clínica. Damián caminó detrás de ella sin intentar detenerla, aunque la alcanzó antes de que llegara a los ascensores. —Lorena Arce, habitación trescientos doce —dijo Valentina ante el mostrador—. Necesito hablar con el médico de guardia y con la administración. La recepcionista buscó el nombre en la computadora y luego desvió los ojos hacia Damián, quizá porque reconoció al dueño de los Hoteles Santoro o porque su presencia imponía una atención que Valentina no estaba dispuesta a concederle en ese momento. —La señora Arce continúa estable —informó—. La enfermera Clara dejó una observación sobre una posible solicitud de traslado, pero todavía no ingresó ningún documento firmado. —Quiero que quede registrado ,que me opongo. —Usted figura como hija, pero el responsable administrativo es el señor Félix Arce. Valentina apoyó ambas manos sobre el mostrador. —Mi madre lleva doce años internada aquí. Yo conozco sus tratamientos, a sus médicos y cada complicación que tuvo. No pueden moverla porque mi padre necesita obligarme a firmar un contrato. La recepcionista perdió la expresión profesional durante un instante y llamó al médico de guardia. Damián se mantuvo a un costado, con el teléfono contra la oreja, hablando en voz baja con alguien. Valentina no escuchó la conversación, aunque alcanzó a distinguir las palabras «abogado», «medida urgente» y «primera hora». El doctor apareció pocos minutos después, acompañado por la enfermera Clara. —Valentina, tu madre está estable —explicó—. Un traslado no sería recomendable sin una razón médica. Lorena depende de una rutina muy específica, y cualquier modificación requiere una evaluación previa. —Entonces no permitan que se la lleven. Por favor. —No podemos rechazar una orden de su representante legal si presenta toda la documentación, pero podemos dejar asentado que no existe una indicación médica para trasladarla. —Hágalo ahora... Por favor. No puedo perder a mi madre. Todavía puede despertar. El doctor asintió y pidió la historia clínica. Valentina permaneció delante del mostrador hasta que imprimieron el informe, lo firmaron y colocaron una copia dentro del expediente de Lorena. No era suficiente para quitarle autoridad a Félix, pero obligaría a cualquier clínica a reconocer que el traslado no respondía a una necesidad médica. Damián terminó la llamada. —Mi abogado presentará una medida cautelar a primera hora. Pedirá que ninguna decisión relacionada con Lorena pueda tomarse sin su consentimiento hasta que se revise la representación legal. Valentina tenía el informe entre los dedos. —Todavía no firmé su contrato. —Tampoco le pedí que lo hiciera antes de proteger a su madre. La sostuvo con una mirada firme, sin intentar suavizar sus palabras. —No acostumbro a confundir mis negocios con sentimientos. Aquella respuesta debería haberla tranquilizado, pero solo confirmó que Damián Santoro podía intervenir en su vida sin necesidad de fingir bondad. Una administrativa se acercó con otra carpeta. —Señorita Arce, ya que está aquí, necesito informarle que existen dos mensualidades pendientes y varios gastos extraordinarios que todavía no han sido cubiertos. La esposa de su padre pidió esta tarde un detalle completo de la deuda. Valentina abrió el documento. La cifra superaba todo lo que podía pagar con sus ahorros. —¿No pagó? Mi padre nunca dejó una factura pendiente. —Los últimos pagos fueron rechazados y la empresa solicitó una prórroga. No íbamos a suspender la atención, pero necesitábamos hablar con la familia. Daniela no estaba amenazando únicamente con retirar los cuidados. Ya había comenzado a dejar de pagar. Valentina sacó su tarjeta personal, aunque conocía el límite disponible. —Cobre lo que pueda con esto. La mujer introdujo los datos y negó con la cabeza pocos segundos después. —La operación fue rechazada. Damián extendió una tarjeta negra. —Cancele toda la deuda y deje cubiertos los próximos tres meses. Valentina se interpuso antes de que la administradora pudiera tomarla. —Santoro, no puedo aceptarlo. —Su madre no puede esperar a que usted decida si acepta mi ayuda. —Después me lo cobrará dentro del contrato —susurró para que nadie más la escuchara. —Naturalmente. Que no le quepa la menor duda. La frase cayó sin suavidad, pero también sin mentira. Damián no estaba regalándole nada. Estaba comprando una posición desde la cual podía exigirle que cumpliera su parte. Valentina observó el importe final y luego dirigió la atención hacia la puerta del ascensor que conducía a la habitación de Lorena. La administradora procesó el pago. Damián Santoro acababa de asumir la deuda médica que Félix Arce había permitido que creciera. —Quiero un comprobante detallado —ordenó él—. También necesito que cualquier gasto nuevo sea enviado directamente a mi oficina. —No puede cambiar la facturación sin autorización familiar —explicó la mujer. Valentina tomó el bolígrafo. —Yo autorizo que envíen una copia de cada gasto. Cuando exista la orden judicial, modificaremos el responsable administrativo. Firmó al pie del formulario y dejó el bolígrafo sobre el mostrador. No le gustaba deberle nada a Damián, pero le desagradaba todavía más imaginar a Daniela contando los días hasta que la clínica exigiera una decisión. Las puertas automáticas se abrieron. Félix apareció primero, con la corbata desajustada y el rostro endurecido. Daniela caminaba detrás de él, con el abrigo apoyado sobre los hombros. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Félix mientras se acercaba al mostrador. Valentina levantó el comprobante. —Pagando la deuda que ustedes dejaron crecer. Daniela dirigió una mirada rápida hacia ella y luego hacia Damián. —No tenías derecho a involucrarlo. —Ustedes involucraron a Esteban Toledo antes de preguntarme. Félix extendió la mano. —Dame esos papeles y vamos a casa. Intentó sujetarla del brazo, pero Valentina retrocedió de inmediato y evitó que la tocara. —Ya no tengo casa. —Valentina, no empeores las cosas. —Las empeoraste vos cuando dijiste que no te dejara sin opciones. Félix bajó la voz. —Nunca habría permitido que tu madre quedara sin atención. —¡Ya debían dos meses! La respuesta lo detuvo en seco. Félix giró hacia Daniela. —Me dijiste que los pagos estaban al día. Lorena siempre ha sido mi prioridad. —La administración atravesó un problema de liquidez —respondió ella—. Estaba tratando de resolverlo antes de preocuparte. —Mentirosa... Usaste esa deuda para presionarme —intervino Valentina—. Llamaste para preguntar cómo trasladarla apenas salí del restaurante. Daniela no negó la acusación. —Necesitábamos que entendieras la gravedad de la situación. Damián dio un paso hacia ellos. —La señora Lorena no será trasladada. Félix lo enfrentó y se plantó delante de él. Para Valentina, todo aquello era teatro. Si su padre había permitido que utilizaran a su madre para obligarla a casarse, sus palabras ya no valían nada. —Mi familia no es asunto tuyo, Santoro. —Su hija aceptó convertirla en mi asunto. El rostro de Félix perdió color. Daniela observó a Valentina con más atención, como si recién entonces comprendiera que la conversación frente al restaurante había producido algo más peligroso que una simple discusión. —¡¿Qué aceptaste?! Valentina sostuvo la mirada de su madrastra. —La propuesta que me hizo Damián. —No sabés quién es ese hombre. —Sé que me dijo la verdad antes de pedirme algo. Una sonrisa amarga cruzó sus labios mientras enfrentaba a su padre. —Y eso es mucho más de lo que hicieron ustedes. Félix se acercó, pero Damián se interpuso sin tocarlo. —Apártate de mi hija. —Su hija acaba de hablar. —¡Hija, escuchame! —pidió Félix—. Santoro no quiere ayudarte. Te está usando para vengarse de nosotros. —¿Hija? Tarde te acordaste de ese parentesco. Y si me está usando, ¿no es eso mismo lo que querías hacer vos? La respuesta dejó a los tres en silencio. Valentina había conocido la intención de Damián desde el principio. No existían promesas románticas ni sacrificios familiares ocultos bajo palabras bonitas. Un año de matrimonio destinado a humillar a los Arce. La protección de su madre era lo único que ella pretendía obtener de aquel contrato. Daniela intentó recuperar el control. —Mañana vas a pensar con más claridad y comprenderás que no podés casarte con el enemigo de tu padre. —Mi padre eligió a Toledo. —Esteban podía salvar los hoteles. ¿No lo entendés? —Y Damián Santoro va a salvar a mi madre. Félix levantó la mano con la intención de sujetarla, pero no llegó a tocarla. —No hagas esto por enojo. Valentina contempló aquella mano suspendida entre ambos. Durante años había esperado que su padre la usara para protegerla, abrazarla o apartar a Daniela cuando la enviaba al internado. Ahora aparecía demasiado tarde. —No lo hago por enojo. Lo hago porque ustedes ya decidieron cuánto valgo. Damián recibió un mensaje y le mostró la pantalla. —El primer borrador estará listo en una hora. Daniela dio un paso hacia Valentina. —Si firmás ese contrato, no vuelvas a pedirnos nada. Valentina dobló el comprobante del pago y lo guardó dentro del bolso. —Eso pensaba hacer. Y mucho menos pedírtelo a vos. Sabés perfectamente por qué te lo digo. Se dirigió al ascensor y presionó el botón del tercer piso. Antes de que las puertas se cerraran, volvió a enfrentar a Félix. —Voy a saludar a mamá antes de comenzar esta guerra. Damián entró con ella. Félix permaneció en el pasillo junto a Daniela, sin poder seguirla ni ordenarle que regresara. Cuando el ascensor comenzó a subir, Damián habló sin apartar la vista del panel. —Después de visitar a su madre, iremos a mi hotel. Mi abogado nos espera allí. Valentina acomodó sus lentes y sostuvo el informe médico contra el pecho. —Agregaré mis propias condiciones y esta deuda. —Puede intentarlo. Las puertas se abrieron frente al corredor de cuidados prolongados. Damián creía que aquella noche redactaría las reglas de su matrimonio. Valentina acababa de decidir que no firmaría una sola cláusula que la convirtiera nuevamente en propiedad de alguien.






