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ESPOSOS POR VENGANZA
ESPOSOS POR VENGANZA
Por: Alicia
CAPÍTULO 1 — La hija canjeable

CAPÍTULO 1 — La hija canjeable

El camarero apenas había servido el vino cuando Esteban Toledo tomó la mano de Valentina y depositó un beso demasiado lento sobre sus dedos.

Ella retiró la mano antes de que el hombre pudiera retenerla.

—No sabía que vendría.

Esteban acomodó el puño de su camisa con una sonrisa satisfecha, como si ya tuviera derecho a ocupar la silla a su lado.

—Esta noche es importante para todos.

Valentina dirigió la atención hacia su padre. Félix Arce bajó los ojos hacia la copa, mientras Daniela Casanova fingía vigilar que Denice no manchara su vestido con la salsa.

Ninguno explicó qué hacía aquel hombre en una cena que, supuestamente, habían organizado para celebrar su título de contadora.

Valentina se quitó los lentes, limpió los cristales con la servilleta y volvió a colocárselos. No necesitaba ver mejor para reconocer la incomodidad de su padre. Félix llevaba toda la noche aflojándose la corbata, bebiendo sin disfrutar el vino y evitando cualquier pregunta directa.

Daniela, en cambio, parecía encantada.

Había elegido uno de los restaurantes más exclusivos de São Paulo, reservado un salón privado y ordenado flores blancas para decorar la mesa. Hasta había enviado un vestido a la habitación de Valentina, aunque ella lo dejó colgado y se presentó con un traje pantalón oscuro y una blusa sencilla.

Daniela recorrió su ropa con desaprobación al verla llegar.

No le dijo nada.

Durante años había conseguido convertir una elevación de cejas en una crítica completa.

—Pensé que esta cena era por mi graduación —comentó Valentina.

—Y lo es —respondió Daniela—. Precisamente por eso invitamos a Esteban. Tu título marca el comienzo de una nueva etapa.

Denice soltó los cubiertos sobre el plato.

—Mamá dijo que ahora Valentina por fin va a ser útil para la familia.

Félix levantó la cabeza.

—Denice, no hables así.

La niña se encogió de hombros y siguió comiendo. Con casi doce años, ya sabía repetir las palabras de Daniela con la misma expresión tranquila, como si la crueldad fuera una enseñanza más de la casa.

Valentina no discutió con ella. Denice todavía era una niña, aunque esa noche su comentario encontró una herida demasiado antigua.

Esteban acercó su silla un poco más.

—Tu familia está muy orgullosa de vos.

—No parece conocerlos demasiado.

Daniela apoyó la copa con mayor fuerza de la necesaria.

—Valentina, no conviertas una noche especial en una de tus escenas.

Félix cerró los ojos durante un segundo.

Ella lo vio.

Su padre sabía lo que Daniela estaba haciendo, pero, como siempre, esperaba que el silencio resolviera lo que él no se atrevía a enfrentar.

El camarero dejó una carpeta de cuero frente a Daniela y se retiró. Valentina observó el objeto mientras las conversaciones del salón principal llegaban amortiguadas detrás de las puertas cerradas.

Daniela empujó la carpeta hacia ella.

—Queremos hacerte una propuesta.

—¿Quiénes?

—Tu padre y yo.

Félix no confirmó aquellas palabras.

Tampoco las negó.

Valentina abrió la carpeta. La primera página llevaba su nombre completo, seguido por el de Esteban Toledo. Más abajo aparecían términos patrimoniales, obligaciones y una fecha tentativa para celebrar un matrimonio civil.

Leyó la primera cláusula.

Después, la segunda.

Al llegar a la parte donde Esteban se comprometía a invertir en los Hoteles Arce, dejó de leer.

—¿Esto es una broma?

—Es una solución —corrigió Daniela—. La empresa atraviesa un momento complicado y Esteban está dispuesto a ayudarnos.

—A cambio de casarse conmigo.

—No lo digas como si fuera algo degradante —intervino Toledo—. Puedo ofrecerte una vida que muchas mujeres desearían.

Valentina lo contempló a través de los cristales. Cuarenta años, una fortuna construida mediante negocios dudosos y una insistencia que llevaba semanas disfrazando de encuentros casuales.

Ahora entendía por qué aparecía en el hotel cada vez que ella salía de la oficina.

No estaba cortejándola.

Estaba inspeccionando lo que pensaba comprar.

—No voy a firmar nada.

Daniela conservó la sonrisa.

—Todavía no terminaste de leer —dijo entre dientes, sin abandonar aquella expresión amable que solo buscaba guardar las apariencias.

—No necesito llegar al final para saber que no voy a casarme con él.

Valentina señaló a Esteban con un movimiento de cabeza, y el gesto bastó para endurecer el rostro de su madrastra.

Esteban apoyó una mano sobre el respaldo de la silla de Valentina.

—Podrías tomarte unos días para pensarlo.

—Podría tomarme toda la vida y mi respuesta seguiría siendo la misma.

La negativa salió más firme de lo habitual.

—¡No!

Denice observó a su hermana con la curiosidad de quien presencia algo que todavía no comprende por completo.

—Es un buen partido para lo que sos.

El silencio fue absoluto sobre la mesa.

Félix dejó la copa y dirigió los ojos hacia Denice, pero no la reprendió.

Daniela tampoco corrigió a su hija.

Valentina cerró la carpeta despacio. La frase de Denice no tenía la intención consciente de una adulta, pero llevaba la voz de su madre y años enteros de desprecio.

Valentina se puso de pie y tomó el contrato entre ambas manos.

Daniela se incorporó de inmediato e intentó arrebatarle los documentos.

—No hagas una estupidez.

Valentina rompió las hojas por la mitad.

El sonido del papel rasgado atravesó el salón privado. Luego volvió a romperlas, dejando caer los pedazos sobre el plato vacío de Esteban.

—Busquen otra forma de salvar sus hoteles.

Toledo se levantó y le cerró el paso.

—No deberías responder de esa manera antes de comprender todo lo que está en juego.

—Lo comprendo perfectamente. Mi familia necesita dinero y usted cree que puede comprarme.

Él le sujetó la muñeca con firmeza, aunque sin lastimarla todavía.

—No seas infantil.

Valentina intentó soltarse, pero Toledo apretó más. Esta vez, el dolor le recorrió la mano.

—Suélteme.

—Después de casarnos, vas a tener que aprender a controlar ese carácter.

La bofetada que Valentina le dio le hizo girar el rostro.

Daniela exhaló con indignación, aunque no se movió para defenderla. Félix permaneció inmóvil en la cabecera.

Esteban volvió la cara hacia ella lentamente. La marca de los dedos de Valentina comenzaba a formarse sobre su mejilla.

—Vas a arrepentirte de esto.

—Esteban —murmuró Félix, demasiado tarde y sin levantarse—. Basta.

Toledo soltó una risa nerviosa. Por un instante, Valentina alcanzó a ver en sus ojos que había estado a punto de devolverle el golpe.

—Decidí si querés conservar tu empresa, Félix. Mi oferta no va a permanecer abierta para siempre.

Valentina enfrentó a su padre.

Esperó que se pusiera de pie y echara a Toledo.

Que dijera que ningún hotel valía más que su hija.

Félix solo se pasó una mano por la frente.

Daniela recogió uno a uno los papeles rotos como si cada pedazo representara una parte de la fortuna que acababan de perder.

—Tu madre necesita cuidados muy costosos.

Valentina quedó inmóvil.

La mención de Lorena cambió el aire del salón. Durante unos segundos, no supo si acercarse a su padre, exigir una explicación o correr hacia la clínica.

Después reaccionó.

—No la uses para amenazarme.

—Nadie la está usando. Estamos hablando de la realidad. Los tratamientos, el equipo médico, las enfermeras… todo se paga con dinero de la empresa.

—Papá prometió mantenerla con vida.

Daniela dirigió la atención hacia Félix.

—Las promesas también dependen de los recursos disponibles. ¿No es así?

Valentina rodeó la mesa y se plantó delante de su padre.

—Decime que no vas a desconectarla.

Félix levantó la vista. Había culpa en sus ojos, pero no el valor que ella necesitaba encontrar.

—Aceptá estudiar la propuesta.

—Te pregunté por mamá.

—Valentina, no hagas esto más difícil.

—¿Vas a quitarle los cuidados si no me caso con Toledo?

Félix apretó los puños. Valentina no apartó los ojos de su rostro.

—No me dejes sin opciones.

Aquella respuesta terminó de romper lo poco que Daniela no había conseguido destruir durante años.

Su padre acababa de perder el último resto de respeto que ella todavía le guardaba.

Valentina se dio media vuelta, tomó su bolso y caminó hacia la salida. Esteban intentó detenerla de nuevo, pero ella levantó una mano antes de que pudiera tocarla.

—Acérquese otra vez y no va a salir de este restaurante solamente con una marca en la cara.

Salió del salón privado sin disminuir el paso. La rabia endurecía cada movimiento, pero el miedo por Lorena ya había comenzado a imponerse sobre todo lo demás.

Al atravesar el sector de la barra, se cruzó con un hombre sumamente apuesto, vestido con un traje negro y una expresión imposible de descifrar.

Estaba apoyado cerca del extremo del mostrador, como si hubiera permanecido allí el tiempo suficiente para escuchar más de lo que debía.

Damián Santoro había escuchado lo necesario.

Valentina pasó cerca de él sin reconocerlo. Sacó el teléfono y llamó a Vivian mientras avanzaba hacia la salida del restaurante.

—Vení a buscarme —pidió cuando su amiga contestó—. Mi padre acaba de querer venderme. No sabés con qué me amenazó.

—¿Con qué? —preguntó Vivian al otro lado de la línea.

Valentina empujó la puerta de salida.

—Quiere quitarle los cuidados a mamá. No sé qué hacer.

Damián dejó la copa sobre la barra y la siguió con la mirada.

Había llegado para contemplar la caída de Félix Arce.

Terminó encontrando la pieza que necesitaba para destruirlo.

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Alicia ***viniste
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