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CAPÍTULO 2 — La propuesta del enemigo

CAPÍTULO 2 — La propuesta del enemigo

Valentina cruzó las puertas del restaurante sin esperar a que Vivian respondiera por segunda vez.

El aire frío de la noche le golpeó el rostro mientras avanzaba hacia la vereda, con el teléfono apretado entre los dedos y el bolso balanceándose contra su cadera. No se detuvo hasta llegar junto a la marquesina del edificio contiguo, lejos de las ventanas desde donde Daniela todavía podía observarla.

—Estoy saliendo de casa —dijo Vivian—. Dame veinte minutos. No regreses sola. Esperame ahí.

Valentina cerró los ojos un instante.

—Gracias por ayudarme. Sos lo único que tengo.

La frase le salió firme, aunque tuvo que apretar los labios para que la voz no la traicionara.

—Vale, escuchame. Llamá a la doctora y averiguá si alguien puede tomar una decisión sin tu autorización.

Valentina buscó el número de la clínica, pero una voz masculina la detuvo antes de que pudiera llamar.

—Su padre puede hacerlo.

Ella se volvió.

El hombre de traje negro que había visto junto a la barra se encontraba a pocos pasos. Alto, de hombros firmes y expresión contenida, parecía demasiado cómodo observando una desgracia que no le pertenecía.

—¿Estaba escuchando mi conversación?

—No fue necesario esforzarme. Su familia se encargó de hacer público el espectáculo.

Valentina se despidió de Vivian con rapidez y cortó la llamada.

—Entonces ya tuvo suficiente entretenimiento. Puede volver por donde vino.

El desconocido no se movió.

—Félix Arce figura como responsable legal de Lorena Arce en varios documentos médicos. Si decide trasladarla, reducir el personal o revisar los tratamientos, usted podría detenerlo, pero necesitaría tiempo.

Valentina guardó el teléfono.

—¿Quién es usted? ¿Cómo sabe todo eso?

—Damián Santoro.

El apellido cayó entre ambos con el peso de algo que ella había escuchado demasiadas veces sin recibir ninguna explicación.

Valentina retrocedió un paso.

—El dueño de los hoteles Santoro.

—Entre otras cosas.

—El enemigo de mi padre.

Damián acomodó el puño de su camisa.

—Su padre convirtió esa palabra en una forma cómoda de evitar otras explicaciones.

Desde el interior del restaurante llegaron voces elevadas. Toledo apareció detrás del vidrio, hablando con Daniela, mientras Félix permanecía junto a la mesa. Ninguno parecía dispuesto a salir a buscarla.

Damián siguió la dirección de la mirada de Valentina.

—Su padre no va a protegerla.

—Tampoco necesito que usted lo haga.

—No vine a protegerla.

La respuesta directa le resultó más soportable que una falsa amabilidad.

Valentina cruzó los brazos.

—Entonces dígame qué quiere y termine de una vez.

Damián sacó una tarjeta del bolsillo interior de su saco y se la extendió.

—Quiero proponerle un acuerdo.

Ella no tomó la tarjeta.

—Ya rompí uno esta noche. Prefiero pasar.

—El mío no la obliga a compartir la cama con un hombre que intenta comprarla.

La puerta del restaurante se abrió y Daniela salió con el abrigo apoyado sobre los hombros. Se detuvo al reconocer a Damián.

La compostura desapareció de su rostro durante un segundo.

—Valentina, regresá adentro.

—No.

Daniela descendió los escalones.

—Tu padre todavía está dispuesto a resolver esto sin convertirlo en un escándalo mayor.

—El escándalo empezó cuando pusieron mi nombre en un contrato sin preguntarme.

—Esteban puede salvar los hoteles.

—¡Entonces casate vos con él y convertite en la Mujer Maravilla! —le gritó Valentina.

Daniela apretó los labios, pero no respondió. Su atención regresó a Damián.

—No sabía que los Santoro frecuentaban este restaurante.

—Esta noche ofrecían un espectáculo difícil de rechazar.

—Este es un asunto familiar.

Damián guardó la tarjeta que Valentina no había aceptado.

—Dejó de serlo cuando intentaron venderla delante de un salón lleno de testigos.

Daniela dio otro paso.

—No conocés a Valentina. Siempre exagera las situaciones y después se presenta como víctima.

Damián observó la marca rojiza que Toledo había dejado en la muñeca de Valentina.

—Parece que esta vez la situación se explica sola.

Valentina bajó la manga de la blusa para cubrirse.

No necesitaba que Damián Santoro la examinara como una prueba contra los Arce.

—Volvé con tu padre —ordenó Daniela—. Mañana hablaremos con la administración de la clínica y revisaremos qué tratamientos podemos seguir pagando.

La amenaza ya no estaba oculta.

Damián giró apenas el rostro hacia Valentina, pero ella no necesitó enfrentarlo para comprender que había escuchado cada palabra.

—Si le hacen algo a mi madre, voy a denunciarlos.

Daniela soltó una risa sin alegría.

—¿Con qué dinero? ¿Con qué abogados? Acabás de terminar tus estudios y todavía dependés de nosotros. Incluso la ropa que llevás puesta salió de una tarjeta de tu padre.

Valentina abrió el bolso, sacó la billetera y retiró la tarjeta adicional que Félix le había entregado años atrás.

La dejó caer a los pies de Daniela.

—Entonces empezá por cancelar esta.

Daniela bajó los ojos hacia el plástico sobre la vereda.

—Vas a regresar cuando comprendas que no tenés adónde ir.

—Prefiero dormir en la calle.

Valentina se alejó sin esperar respuesta.

Damián caminó detrás de ella.

—No necesito un testigo —advirtió.

—Necesita una solución.

—Usted necesita a alguien desesperado.

—También.

La honestidad la obligó a detenerse. Valentina se volvió y lo enfrentó. Damián sostuvo sus ojos sin retroceder ni intentar aparentar una bondad que no sentía.

Se colocó frente a ella, sin bloquearle el camino.

—Un año de matrimonio.

Valentina creyó haber escuchado mal.

—¿Qué dijo?

—Nos casamos durante un año. Yo asumo todos los gastos médicos de su madre, contrato el personal necesario y dejo por escrito que nadie podrá trasladarla ni modificar sus cuidados sin su autorización.

—¿A cambio de qué?

—De que se convierta en mi esposa.

—Eso ya lo entendí. Quiero saber qué piensa comprar con ese matrimonio.

Damián no apartó la mirada.

—La humillación de los Arce. De su familia.

Las palabras no llevaban vergüenza ni disculpa.

—Me quiere usar para vengarse de mi padre. Espero que haya comprendido que a ellos no les importo.

—Quiero que Félix Arce vea a su hija entrar en mi familia, llevar mi apellido y trabajar en el hotel que él les quitó a los Santoro.

Valentina apretó el asa del bolso.

—¿Qué les quitó mi padre?

La acusación la tomó desprevenida. Nunca le habían hablado de aquel hotel ni del origen de la enemistad entre ambas familias.

—Eso no forma parte de la propuesta.

—Para mí sí.

—¡Su padre destruyó al mío! —respondió Damián de golpe. Una furia contenida endureció sus facciones.

Ella permaneció quieta.

Damián no añadió detalles, pero el tono convirtió aquella acusación en algo más profundo que una disputa empresarial.

—¿Y piensa castigarme por llevar su apellido?

—Usted recibirá exactamente lo que esté escrito en el contrato.

—Protección para mi madre.

—Tratamiento completo, personal médico y todos los gastos cubiertos.

—No podrá tocarme.

La mandíbula de Damián se tensó.

—No necesito obligar a ninguna mujer a entrar en mi cama. Tengo suficientes mujeres dispuestas a hacerlo.

Valentina alzó un hombro, dejándole claro que su vida sexual no le despertaba el menor interés.

—Igual quiero que aparezca por escrito. No tengo por qué correr el riesgo de que me contagie alguna enfermedad.

—Aparecerá. Y quédese tranquila, estoy perfectamente sano —respondió con una sonrisa breve, más arrogante que amable.

—Tendré libertad para trabajar.

—En uno de mis hoteles.

—No voy a entregarle información sobre mi padre ni a cometer delitos por usted.

—No se lo pediré.

Valentina examinó su rostro, buscando una grieta que revelara la trampa. Damián no ocultaba que deseaba utilizarla, pero tampoco disfrazaba el acuerdo de sacrificio familiar ni fingía amabilidad.

El teléfono de Valentina comenzó a sonar.

La pantalla mostró el número de la clínica.

Respondió de inmediato.

—¿Doctora?

—Valentina, soy Clara, la enfermera del turno nocturno. Acabamos de recibir una llamada de la esposa de tu padre. Preguntó qué documentación necesitaba para solicitar un traslado de Lorena.

Valentina apoyó una mano contra la pared.

—No autoricen nada.

—Por ahora no se inició ningún trámite, pero tu padre es quien firma las decisiones administrativas. Necesitamos que hables con él cuanto antes.

—Voy para allá. No voy a permitir que utilicen a mi madre para obligarme.

Cortó la llamada y buscó un automóvil en la avenida. Damián abrió la puerta del vehículo negro estacionado junto a la acera.

—La llevo.

—No necesito otro favor.

—No es un favor. Quiero que compruebe lo rápido que su familia está dispuesta a cumplir la amenaza.

Valentina observó la puerta abierta.

Detrás de ella, Daniela recogía la tarjeta del suelo mientras hablaba por teléfono. No intentó acercarse ni detenerla.

Vivian tardaría todavía varios minutos. La llamaría desde el automóvil para explicarle lo ocurrido.

Su madre no tenía ese tiempo.

Valentina subió al vehículo.

Damián ocupó el asiento a su lado y le indicó al conductor que se dirigiera a la clínica.

Durante las primeras cuadras ninguno habló.

Valentina mantuvo la vista en las luces de la avenida hasta que el reflejo del vidrio le devolvió el rostro de una mujer que acababa de quedarse sin familia, dinero ni casa.

Giró hacia Damián.

—Quiero leer todas las cláusulas antes de firmar.

Él no mostró satisfacción.

—Mi abogado puede preparar el documento esta misma noche.

Valentina volvió a mirar hacia adelante.

—Entonces prepare el contrato, señor Santoro. Voy a casarme con usted.

Damián tomó el teléfono para dar la orden.

Había encontrado la forma de entrar en la familia Arce.

Lo que todavía no comprendía era que Valentina también acababa de utilizarlo para declararles la guerra.

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