La noche en Londres era fría y densa, con un aire cargado de amenaza. Aaron se encontraba en su despacho, con el ceño fruncido y los nudillos blancos de tanto apretar los puños. No podía quedarse de brazos cruzados. Sabía que Vikram Khanna no era un hombre de amenazas vacías.
Nathan, su jefe de seguridad, se mantenía de pie a su lado, con una expresión imperturbable.
—Señor, no creo que sea prudente ir solo —dijo con voz grave—. Vikram Khanna no es cualquier hombre de negocios. Es un traficante