Capítulo 9. La puerta entreabierta.
Fernando se tensó por completo. El sudor se enfrió en su piel.
Se apartó de ella de inmediato. Se puso de pie frente a la cama, respirando agitado.
—Ya te dije que es solo una maldita empleada. Nada más —escupió él, con voz dura—. Deja de inventar cosas que no son.
Camelia se incorporó. Tiró de la sábana y se cubrió el pecho.
—Aquí el único que mientes eres tú; yo no estoy inventando nada ¡Yo la escuché! Hablaba con demasiada seguridad frente a otra persona en la empresa. Dijo que te conoce des