Capítulo 53. Nadie toca a mi esposa.
Valeria arañaba. Mordía. Pateaba. Parecía poseída por una fuerza salvaje e inhumana. Sus uñas se clavaron en el cuello de Elías, buscándole los ojos.
—¡Suéltame! ¡Suéltame, infeliz! —chillaba, retorciéndose en el piso.
Elías la inmovilizó contra el suelo, usando todo el peso de su torso para aplastarle los brazos, pero el dolor en su propio cuerpo era inmenso.
—¡Camelia! ¡Corre! —rugió Elías.
La voz le salió desgarrada, con un hilo de sangre asomando por la comisura de la boca.
La sangre comen