Capítulo 40. No hagas promesas.
Fernando se quedó inmóvil. La mano de Camelia seguía sujetando su muñeca.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —repitió ella en voz baja.
Fernando tragó saliva.
—Yo…
No encontró palabras. Por primera vez en años, Fernando Zaldívar no sabía qué decir.
—¿Viniste a espiarme? —preguntó ella.
—No.
—¿Entonces?
Fernando bajó la vista hacia el vientre de Camelia.
—Tenía miedo.
Ella parpadeó.
—¿Miedo?
—Cerraba los ojos y volvía a ver la sangre.
Su voz sonó ronca.
—Y pensaba que… que quizá cuando desperta