Clara no se movió hasta que escuchó el motor de Miguel perderse en la distancia. Permaneció en medio de la sala, con las manos aún temblando por la actuación que acababa de sostener. Su respiración era irregular, profunda, casi ahogada. Cuando cayó en la cuenta de que él ya no estaba, algo dentro de ella se partió en un chasquido seco.
—Idiota… —susurró entre dientes.
El silencio de la casa era cortante. El niño en la habitación comenzó a llorar, primero un quejido suave, luego un llanto agudo