Maximilien salió de la comisaría todavía con el teléfono pegado a la oreja. Subió al auto, encendió el motor y con las manos temblorosas marcó a Caleb. El tono sonó varias veces, pero no contestó. En su lugar, un mensaje entró a su pantalla:
Caleb: «No puedo contestarte, Maximilien. Estoy con ella en este momento».
El nudo en la garganta se le endureció como una piedra. Tecleó con desesperación:
«¿Dónde están? Y por cierto, ¿dónde estabas, cabrón? ¡Estaba preocupado por ti!»
Las manos le sudaba