Habían pasado algunos días, y para Maximilien era como si el sol hubiera vuelto a brillar en su ventana. Sonreía constantemente, y su mal humor parecía haberse desvanecido por completo.
—A ver, compadre, dime —preguntó Caleb, alzando una ceja con picardía—. ¿Qué es lo que te tiene tan contento?
Sabía perfectamente que aquella sonrisa tenía nombre propio, pero quería oírlo de boca de su amigo.
Maximilien no pudo evitar sonreír de nuevo y soltó un suspiro.
—Bueno… las cosas con Gracia van bien.